
— Los huesos no duran siempre, Hresh. Tal vez se conservan durante cincuenta, acaso cien años, y luego se convierten en polvo. Los que ves allí son los que han sido arrojados recientemente.
Hresh lo pensó un momento.
— ¿Por qué habrían de hacer eso conmigo? — preguntó con voz tenue.
— Todo está en manos de Koshmar.
De pronto, un relámpago de pánico se encendió en los extraños ojos del niño.
— Pero tú no se lo dirás, ¿verdad que no? ¿Verdad que no, Torlyri? — Su expresión se tornó zalamera. No tienes por qué decírselo, ¿no es así? Un instante más y yo habría trepado por la cornisa lejos de tu vista. Me habría quedado hasta mañana por la mañana, y nadie lo habría notado. Me refiero a que no es lo mismo que si hubiese hecho daño a alguien. Sólo quería ver el río.
Ella suspiro. Su aspecto atemorizado y suplicante era difícil de resistir. Y, en realidad, ¿qué daño había hecho? No había conseguido dar más de diez pasos. Podía comprender sus ansias de descubrir lo que se extendía más allá de los muros del capullo: esa curiosidad ferviente, esa horda de preguntas sin respuesta debía bullir dentro de él sin reposo. Ella misma había sentido algo semejante, aunque sabía que su espíritu tenía poco de ese fuego que consumía al pequeño atribulado. Pero la ley era la ley, y él la había violado. Si ignoraba el hecho, pondría en riesgo su propia alma.
— Por favor, Torlyri. Por favor…
La mujer negó con la cabeza. Sin apartar la mirada del niño, recogió lo necesario para la ofrenda. Miró una vez más hacia las Cinco Direcciones Sagradas. Pronunció los Cinco Nombres. Luego se volvió hacia el niño e indicó con un gesto brusco que debía avanzar delante de ella hasta la entrada al capullo. Estaba despavorido.
— No tengo elección, Hresh. Debo llevarte ante Koshmar — le dijo Torlyri con suavidad.
Largo tiempo atrás, alguien habla erigido una estrecha laja de piedra negra y pulida a la altura de los ojos, a lo largo de la pared trasera de la cámara central.
