
Torlyri sacudió la cabeza con tristeza.
— ¿Te has vuelto loco? ¿Qué pretendías hacer?
— ¡Sólo quería ver qué había allí, Torlyri! El cielo. El río. Todo — respondió él suavemente.
— Lo habrías visto el día de tu nombramiento.
Se encogió de hombros.
— ¡Pero falta un año entero! ¡No podía esperar tanto!
— La ley es la ley, Hresh. Todos obedecemos, por el bien de todos. ¿Estás tú por encima de la ley?
— Sólo quería ver. ¡Por un solo día, Torlyri! — replicó con tristeza.
— ¿Sabes qué les sucede a los que violan la ley?
— En realidad, no. Pero debe ser algo malo, ¿verdad?
¿Qué me harás? — respondió Hresh con el ceño fruncido.
— ¿Yo? Nada. Eso le corresponde a Koshmar.
— ¿Y ella? ¿Qué me hará?
— Cualquier cosa. No lo sé. Algunos han sido condenados a muerte por haber hecho lo que tú hiciste…
— ¿Muerte?
— Los transgresores fueron expulsados del capullo. Eso equivale a la muerte segura. Ningún humano podría durar mucho allí afuera. Mira, niño. — Señaló la ladera, el lecho de huesos blanquecinos.
— ¿Qué es eso? — inquirió Hresh de inmediato.
Torlyri le tocó el delgado brazo hasta comprimir el hueso.
— Esqueletos. Tú tienes uno dentro de ti. Si sales, dejarás tus huesos sobre esa colina. Como todos.
— ¿Todos los que han salido?
— Allí yacen todos, Hresh. Como leños viejos arrojados por las tormentas invernales.
El niño tembló.
— Pero no hay tantos — declaró con repentina osadía —. Durante tantos años y años de muertes, toda la colina tendría que estar cubierta de huesos, y los cúmulos deberían ser más altos que yo mismo…
Torlyri sintió que una sonrisa asomaba a su rostro, muy a pesar suyo. Miró hacia otro lado un instante. ¡Ese chiquillo no tenía igual, desde luego!
