Thekmur, Nialli, Sismil Yanla…

En aquel momento, Torlyri irrumpió en la cámara, arrastrando a Hresh, el vástago indomable de Minbain, el que siempre andaba dando vueltas y metiendo las narices donde no debía. El niño se retorcía, se debatía, bramaba frenéticamente entre los brazos de Torlyri. Sus ojos brillaban con un terror salvaje, como si acabara de ver una estrella de la muerte abalanzarse sobre la techumbre del capullo.

Koshmar, sorprendida, se dio la vuelta para mirarlos. El pelaje castaño grisáceo se le erizó por la ira y formó como un manto a su alrededor, haciendo que su tamaño pareciese el doble de lo normal.

— ¿Qué es esto? ¿Qué ha hecho esta vez?

— Salí a hacer las ofrendas — comenzó Torlyri — y un instante más tarde, por el rabillo del ojo, descubrí…

En ese momento, Thaggoran entró en la cámara. Para sorpresa de Koshmar, tenía el mismo aspecto enloquecido que Hresh. Agitaba los brazos y el órgano sensitivo en un modo peculiar y arrebatado, y soltaba incoherencias a borbotones. Koshmar apenas podía comprender fragmentos de lo que intentaba decirle.

— Comehielos… el capullo… justo por debajo, apuntan hacia aquí. Es cierto, Koshmar, la profecía…

Y mientras tanto, Hresh no dejaba de aullar y bramar, y Torlyri, la de la tierna voz, seguía contando su historia.

— ¡De uno en uno! — exclamó Koshmar —. ¡No puedo entender nada de lo que decís! — Contempló al viejo historiador arrugado, de pelaje cano y cuerpo vencido como por el peso del profundo y valioso conocimiento del pasado que solo él conocía. jamás lo había visto tan alterado —. ¿Comehielos, Thaggoran? ¿Has dicho comehielos?

Thaggoran temblaba. Musitó algo confuso y tenue quedó ahogado por los gritos despavoridos de Hresh. Koshmar dirigió una mirada enfurecida hacía su compañera de entrelazamiento y espetó:

— Torlyri, ¿por qué está este niño, aquí?



15 из 502