
— He intentado decírtelo. Lo atrapé tratando de salir del capullo.
— ¿Qué?
— ¡Sólo quería ver el río! — aulló Hresh —. ¡Sólo un momento!
— ¿Conoces la ley, Hresh?
— ¡Era sólo por un rato!
Koshmar suspiró.
— ¿Qué edad tiene, Torlyri?
— Creo que ocho años…
— Entonces conoce la ley. Muy bien. Que vea el río. Llévalo hacia arriba y déjalo fuera.
El manso rostro de Torlyri reveló estupor. Las lágrimas le asomaron a los ojos. Hresh comenzó a gritar y a ulular de nuevo, esta vez con más fuerza. Pero Koshmar no quería saber nada más de él. Ya había causado molestias durante demasiado tiempo, y la ley era terminante. A la salida con él, asunto zanjado. Hizo un gesto de impaciencia con la mano para despedirlos y se volvió hacia Thaggoran.
— Veamos ahora qué es esto de los comehielos…
Con voz temblorosa, el historiador lanzó un relato sorprendente, entrecortado y difícil de seguir. Algo acerca de que estaba buscando piedraluces en la Madre de la Escarcha y que había captado la sensación de algo vivo en las cercanías, algo grande, que se movía en la roca, algo que perforaba un túnel.
— Establecí contacto — continuó Thaggoran — y palpé la mente de un comehielos… es decir, uno no puede hablar de «mente» en el caso de los comehielos, pero es una forma de hablar… y lo que sentí fue…
Koshmar le miró de mal humor.
— ¿A qué distancia se encontraban de ti?
— Bastante cerca. Y había más. Tal vez una docena, todos muy cerca. Koshmar, ¿sabes qué significa esto? ¡Debe de ser el final del invierno! Los profetas han escrito: «Cuando los comehielos comiencen a ascender…»
— Ya sé lo que han escrito los profetas — le interrumpió Koshmar con brusquedad — ¿Has dicho que estas criaturas están subiendo justo por debajo del habitáculo? ¿Estás seguro?
Thaggoran asintió.
