Sobrecogido por la alarma, se detuvo de inmediato y permaneció inmóvil, inerte.

Sí. Sentía el claro efluvio de una vida cercana, algo inmenso que se revolvía sin cesar a sus pies, como si un barreno lento y denso horadara la roca. Algo vivo, allí en las profundidades frías y tenebrosas, royendo el desolado y oscuro corazón de la montaña.

— ¡Yissou! — murmuró, haciendo la señal del Protector — ¡Emakkís! — susurró, haciendo la señal del Dador — ¡Dawinno! ¡Friit!

Con temor, con estupor, Thaggoran apretó la mejilla contra el duro suelo de roca del túnel. Oprimió las yemas de los dedos en la piedra helada. Proyectó su segunda vista hacía fuera y abajo, trazando un amplio arco de lado a lado con el órgano sensorial.

Sintió que le inundaban impresiones más fuertes, innegables e incontrovertibles. Se estremeció. Nerviosamente, palpó el antiguo amuleto que pendía de un lazo bajo su garganta.

Un ser viviente, sí, De escasa inteligencia, casi sin mente, pero decididamente vivo, palpitante de intensa y febril vitalidad. Y no muy lejos. Thaggoran calculó que les debía de separar una capa de roca no superior al ancho de un brazo. Poco a poco, la imagen cobró forma: una inmensa criatura de cuerpo grueso y sin miembros, erguida sobre la cola dentro de un túnel vertical apenas más ancho que ella misma. A lo largo del carnoso cuerpo corrían grandes cerdas negras más gruesas que el brazo de un hombre, y de los hondos cráteres rojos que se abrían sobre su piel blanca emanaban poderosos vahos nauseabundos. Se movía a través de la montaña, hacia arriba, con inexorable determinación, abriéndose paso con unos dientes anchos y romos como pedruscos. Mordisqueaba la roca, la digería y la excretaba convertida en arena húmeda por el extremo opuesto de un cuerpo inmenso y carnoso, del largo de treinta hombres.



3 из 502