Pero no era la única criatura de su especie que realizaba la ascensión. A derecha e izquierda, Thaggoran comenzó a percibir otras emanaciones pesadas y palpitantes. Había tres de aquellas enormes bestias, cinco; tal vez una docena de ellas. Cada una se hallaba confinada en un estrecho túnel, cada una empeñada en un apresurado periplo hacia las alturas.

Comehielos, pensó Thaggoran, ¡Yissou! ¿Era posible?

Estupefacto, atónito, se acuclilló inmóvil, atendiendo el latido de la almas de las inmensas bestias.

Sí. Ahora estaba seguro: había comehielos moviéndose por allí. Jamás había visto ninguno — nadie que permaneciera con vida había visto nunca a un comehielos — pero en su mente se almacenaba una clara imagen de ellos. Las páginas más antiguas de las crónicas tribales los describían: vastas criaturas que los dioses habían creado en los primeros días del Largo Invierno, cuando los pobladores menos resistentes del Gran Mundo perecían por el frío y la oscuridad. Los comehielos se apropiaron de los lugares sombríos y recónditos de la Tierra; no necesitaban aire, luz ni calor. Al contrario, evitaban tales fenómenos como si se tratara de veneno. Y los profetas habían vaticinado que al final del invierno llegaría una época en que los comehielos comenzarían a ascender hacia la superficie, hasta emerger por fin a la brillante luz del día para encontrar su ocaso.

Al parecer, los comehielos habían iniciado su ascensión. Entonces, ¿estaría llegando a su fin el interminable invierno?

Tal vez estos comehielos se habían confundido. Las crónicas testimoniaban que antes de ésa había existido una profusión de falsas profecías. Thaggoran conocía bien los textos: el Libro del Aciago Amanecer, el Libro del Frío Despertar, el Libro del Equívoco Resplandor.



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