
Se preguntó cómo sería descender por la ladera del risco y rozar con la punta de los dedos esa corriente potente y misteriosa.
Debía de quemar como el fuego, pensó Torlyri. Pero sería un fuego frío, un fuego purificador. Se imaginó internándose en el río oscuro, hasta las rodillas, hasta los muslos, hasta el vientre, sintiendo la llamarada helada del agua murmurar contra sus miembros y su órgano sensitivo. Se vio abriéndose paso entre el flujo turbulento, hacia el banco opuesto, tan lejano que apenas podía distinguirse… caminando a través de las aguas, o tal vez por encima de la corriente, tal como decía la leyenda que hacían los aguazancos, andando más y más hacia la tierra del alba, para nunca más volver al capullo…
Torlyri sonrió. ¡Qué tontería dejarse llevar por semejantes fantasías!
¡Y qué traición más grande sería para la tribu que la mujer de las ofrendas se aprovechara de su libertad para desertar del capullo! Pero hallaba un extraño placer en imaginar que algún día haría algo así. Al menos soñaba con ello. Torlyri sospechaba que casi todos, en algún momento, miraban el mundo exterior con añoranza, y por un instante soñaban con escapar hacia él, aunque pocos fuesen capaces de admitirlo. Se murmuraba que a lo largo de los siglos hubo quienes, cansados de la vida en el capullo, habían traspasado la salida, descendido hasta el río y huido hacia las tierras inhóspitas que se extendían más allá. No se les había expulsado del capullo, como ocurría cuando llegaba el día de la muerte de alguien, sino que habían desertado voluntariamente, se habían internado por propia voluntad en ese mundo helado y desconocido, simplemente por descubrir cómo era.
