Racimos de luminiscentes moras de luz proveían de iluminación; intrincados pozos de ventilación proporcionaban aire fresco; el agua se obtenía de corrientes subterráneas. En cámaras adyacentes se criaban cultivos y ganado, elegantemente adaptados al crecimiento bajo luz artificial por medio de artes mágicas ya olvidadas. Los capullos eran pequeños mundos insulares, totalmente autónomos y autosuficientes, cada uno de ellos aislado como si se hubiera embarcado en un periplo solitario a través de la profunda noche del espacio. En ellos, los supervivientes de la gran calamidad del mundo aguardaban a lo largo de siglos y siglos a que llegara el momento en que los dioses se cansaran de arrojar desde el Cielo las estrellas de la muerte.

Torlyri fue hasta la piedra de ofrendas, depositó el cuenco, miró en cada una de las Cinco Direcciones Sagradas y fue desgranando uno por uno los Cinco Nombres.


Yissou, Protector

Emakkís, Dador

Friit, Sanador

Dawinno, Destructor

Mueri, Consoladora


Su voz resonaba y vibraba en el silencio. Mientras recogía el cuenco del día anterior para vaciarlo, escudriñó más allá del borde del acantilado, hacia el río. A lo largo de la escarpada ladera desnuda, donde sólo podían crecer pequeños arbustos leñosos y retorcidos, yacían por doquier huesos blanquecinos y frágiles, dispersos y apilados, como ramas diseminadas al azar. Allí estaban los huesos de Gonnari, y los de Thekmur, y los de Thrask, quien había sido cronista antes que Thaggoran. Sobre esos cúmulos distantes yacían los huesos de la madre de Torlyri, y los de su padre, y los de sus abuelos y abuelas. Todos aquellos que alguna vez habían partido del capullo yacían allí, muertos, sobre esa ladera abismal, abatidos por el beso iracundo del aire invernal.

Torlyri se preguntó cuánto tiempo vivían los que atravesaban el portal del capullo cuando les llegaba el día de la muerte.



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