¿Alguien habría elegido ese rumbo desesperado? Así lo contaban, pero si ocurrió no fue durante la existencia de ninguno de los que vivían por entonces. Desde luego, quienes se hubieran alejado de ese modo jamás regresaron para. contar su relato; sin duda debían de haber muerto casi al instante en ese mundo hostil y ajeno. Salir era una locura, pensó. Pero una locura tentadora.

Torlyri se agachó para recoger lo que necesitaba ofrendar en el interior. Luego, por el rabillo del ojo, alcanzó a distinguir algo que se movía. Giró, perpleja, en dirección a la salida justo a tiempo para descubrir la pequeña y ligera figura de un niño que salía despedido y corría por la cornisa hacia el precipicio.

Torlyri reaccionó sin pensar. El niño ya había comenzado a trepar por el borde de piedra, pero ella dio la vuelta, se dirigió hacia la izquierda, le aferró con firmeza. y logró atraparle por un tobillo antes de que desapareciera. El niño se debatió y forcejeó, pero ella, sin soltarlo, le levantó y le depositó sobre la cornisa, a sus pies.

Tenía los ojos muy abiertos por el miedo, pero a la vez su mirada despedía descaro y una ingeniosa audacia. Observaba algo que había detrás de ella, tratando de vislumbrar el río y las colinas. Torlyri se inclinó hacía él, casi esperando que diera otro salto desesperado para escapar.

— Hresh — dijo —. Desde luego, Hresh. ¿Quién sino tú intentaría algo semejante?

El hijo de Minbain tenía ocho años. Era indómito y tenaz. Lo llamaban Hresh, el de las preguntas, burbujeante de interrogantes prohibidos. Era menudo, esbelto, casi frágil, un chico cimbreante como una cuerda, con un rostro triangular y espectral que caía abruptamente desde una frente amplia. Sus ojos inmensos y oscuros estaban misteriosamente salpicados de motas escarlatas. Todos decían que había nacido para traer problemas. Esta vez sí que se había metido en un aprieto.



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