Pero poco importaba que éste fuese un verdadero presagio de la primavera o uno más de tantos desencantos tentadores. De algo no cabía duda: el Pueblo tendría que abandonar su capullo e internarse en el misterio y los enigmas del mundo abierto.

Thaggoran vislumbró de inmediato la catástrofe en toda su magnitud.

Los años de surcar aquellos pasadizos oscuros y abandonados habían delineado un mapa indeleble de intrincados esquemas en su mente, en brillantes líneas escarlatas. La ruta ascendente de estos monstruos gigantes e indiferentes, que horadaban lentamente tierra y roca, los llevaría en su momento a atravesar el centro del habitáculo donde el Pueblo había vivido durante miles de años. De eso no cabía la menor duda. Los gusanos aparecerían justo por debajo del sitio donde se asentaba la piedra sagrada. Y la tribu sería tan incapaz de detenerlos en su ciego ascenso como de atrapar una estrella de la muerte en una red de hierba tejida.


En ese mismo instante, muy por encima de la caverna donde Thaggoran espiaba de rodillas a los comehielos, Torlyri, la de las ofrendas, compañera de entrelazamiento de Koshmar, la cabecilla, se aproximaba a la salida del capullo. Era la hora del amanecer, cuando Torlyri hacía la diaria ofrenda a los Cinco Celestiales. Alta y suave, Torlyri era célebre por su gran belleza y dulzura de alma. Su pelaje era de un negro lustroso, surcado por dos increíbles espirales blancas y brillantes que le recorrían todo el cuerpo. Por debajo de la piel se destacaba la poderosa ondulación de sus músculos. Tenía los ojos mansos y oscuros; la sonrisa, cálida y fluida.

Todos los de la tribu amaban a Torlyri. Desde niña había dado señales de ser especial: una verdadera líder a quien los demás podían recurrir en busca de consejo y apoyo. De no ser por la ternura de su espíritu, bien podría haber ocupado el lugar de Koshmar como cabecilla. Pero no bastan belleza y fortaleza. Una cabecilla no debe ser tierna.



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