Así, nueve años antes, cuando la vieja cabecilla Thekmur llegó a la. edad límite, se dirigieron a Koshmar y no a Torlyri.

— Éste es el día de mi muerte — había anunciado a Koshmar la pequeña y fibrosa Thekmur.

— Y es el día de tu coronación — añadió Thaggoran.

Y así fue como Koshmar se convirtió en cabecilla, tal como se había convenido cinco años atrás. Para Torlyri habían decretado un destino distinto. Cuando, no mucho después, llegó la hora de que Gonnari, la de las ofrendas, atravesara la salida del capullo tal como Thekmur lo había hecho en su día, Thaggoran y Koshmar se acercaron a Torlyri para depositar en sus manos el cuenco de las ofrendas. Entonces, Koshmar y Torlyri se abrazaron con lágrimas en los ojos y se presentaron ante la tribu para aceptar la elección. Después, las dos celebraron su doble designación de forma más privada, con risas y amor, en una de las cámaras de entrelazamiento.

— Ahora es nuestro turno de gobernar — le dijo Koshmar ese día.

— Sí — replicó Torlyri —. Por fin ha llegado nuestra hora.

Pero ella sabía la verdad: para Koshmar era tiempo de gobernar; para Torlyri, de servir. Y, sin embargo, ¿no eran ambas servidoras del Pueblo, tanto la cabecilla como la mujer de las ofrendas?

Durante aquellos nueve años, Torlyri había hecho el mismo viaje cada vez que la silenciosa señal atravesaba la abertura del capullo para anunciarle que el sol había ingresado en el firmamento: fuera del capullo, junto al cielo, más y más arriba, atravesando el risco y el sinuoso enjambre de angostos corredores que conducían hacia la cresta, hasta llegar finalmente a la llanura de la cima, al Lugar de la Salida, donde realizaría el ritual que constituía su primera responsabilidad ante el Pueblo.

Allí, cada mañana, Torlyri abría la salida del capullo y cruzaba el umbral, avanzando con cautela unos pasos hacía el mundo exterior.



6 из 502