La mayoría de los miembros de la tribu atravesaba ese umbral sólo tres veces en la vida: el día del nombramiento, el día del entrelazamiento y el día de la muerte. La cabecilla veía el mundo exterior una cuarta vez: el día de la coronación. Pero Torlyri tenía el privilegio y el deber de salir al mundo exterior todas las mañanas de su vida. E incluso ella sólo podía llegar hasta la piedra de las ofrendas, de granito rosado salpicado de copos de fuego, seis pasos más allá del portal. Sobre esa piedra sagrada depositaba el cuenco de las ofrendas, que contenía algunas cosillas del mundo interior: unas moras de luz, unas hebras de paja para cubrir muros o un pedazo de carne chamuscada; luego vaciaba el cuenco del día anterior y recogía algo del mundo exterior para llevar de regreso: un puñado de tierra, unos guijarros desperdigados, unas briznas de hierbarroja. Ese intercambio diario era esencial para el bienestar de la tribu. Con ello, cada día se decía a los dioses: No hemos olvidado que pertenecemos al mundo y que estamos en el mundo, aun cuando debamos vivir apartados de él en este momento. Algún día saldremos de nuevo y habitaremos sobre la tierra que habéis hecho para nosotros, he aquí estas ofrendas en señal de nuestra promesa.

Al llegar al Lugar de la Salida, Torlyri depositó sobre el suelo el cuenco de las ofrendas y aferró la manivela que abría la abertura. Era una manija inmensa y brillante, engorrosa de manipular, pero en las manos de Torlyri se movía con soltura. Se sentía orgullosa de su fortaleza. Ni Koshmar ni ninguno de los hombres de la tribu, ni aun el gigantón Harruel, el más grande y fuerte de los guerreros, podía igualarla en forcejear con los brazos, en luchar con los pies, en trepar por las cavernas.

El portal se abrió y Torlyri lo traspasó. El aire punzante y nítido de la mañana le hirió las fosas nasales.

El sol acababa de asomar. Su fulgor rojo y helado colmó el cielo oriental, y las volátiles motas de polvo que danzaban en el aire gélido parecían fulgurar y resplandecer con una llama interior. Más allá de la cornisa sobre la cual se erguía, Torlyri contempló el río ancho y veloz que fluía por debajo y que irradiaba el mismo tono ardiente de la luz matinal.



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