En épocas pasadas, los que vivían en las orillas de ese gran río lo conocían por el nombre de Hallimalla, y antes de eso se había llamado Sipsimutta, y en tiempos mas remotos aun su nombre había sido Mississippi. Torlyri no sabía nada de eso. Para ella, el río era simplemente el río. Todos esos otros nombres habían permanecido olvidados durante cientos de miles de años. Desde la llegada del Largo Invierno, la Tierra había conocido épocas muy duras. El mismo Gran Mundo se había perdido, ¿por qué razón tendrían que haber perdurado los nombres? Sólo habían quedado unos pocos, unos pocos. El río ya no tenía nombre.

El capullo donde habían transcurrido las vidas de los sesenta miembros de la tribu de Koshmar — y donde sus ancestros se habían refugiado desde el tiempo más remoto, subsistiendo a la interminable oscuridad y al frío ocasionados por la lluvia de estrellas de la muerte — era una madriguera cómoda y acogedora, socavada a un lado de un risco que se elevaba por encima de ese gigantesco río. Al principio, así lo afirmaban las crónicas, los que habían sobrevivido a los primeros días de lluvias negras y fríos pavorosos se habían contentado con vivir en simples cavernas, comiendo raíces y nueces, y atrapando a cuanta criatura comestible se ponía a su alcance. Pero luego el invierno se encarnizó y las plantas y los animales salvajes fueron desapareciendo del mundo.

¿Alguna vez el ingenio humano había afrontado un desafío mayor? La respuesta fue el capullo: esa guarida enterrada y autoabastecida, socavada en laderas y riscos, por debajo de la capa de nieve. Las cámaras aisladas del capullo fueron ocupadas por pequeños grupos cuyo número se regulaba mediante un estricto control de la natalidad.



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